Por la anchura del pecado me encontraba
cuando Cristo me miró con compasión…
Congojada, con el alma ensangrentada,
me volteé a ver su Rostro de esplendor.
Con confusión en las pupilas
a El de ésta manera me expresé:

“ Jesucristo, ¿Cómo puedes Tú mirarme
si soy lepra en Tu camino de verdad?
No meresco que me veas o me llames.
¿Es que acaso no divisas mi impiedad?”

“¡Oh, mi hijita!” – respondió con voz muy suave.
“Al mirarte tus pecados olvidé.
No te aflijas, ni más llores,
que el reino que yo tengo es para tí.
Ya no veas para atrás,
que tu vida desde ahora cambiará.
Pon tu alma entre mis manos
que a mi Reino vas a entrar.”

Al oírle, todo en mí sentí cambiar.
Mi alma impura en blanca nieve se tornó.
Y hoy gozosa entre gemas escogidas,
me encuentro rebozando Su perdón…

(1998, De mi colección poética “Inquietudes Humanas”)

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