“Pesadilla”

Perdí mi pasaporte tan pronto llegué al hotel. Estaba segura de haberlo colocado dentro de mi cartera, y no estaba allí. La angustia se apoderó de mí de pronto. ¿Cómo iba a regresar a los Estados Unidos? Luego me di cuenta que la billetera también no estaba en mi bolso. Mi licencia de conducir, las tarjetas de crédito, el dinero en efectivo, la foto de mi hijo… Todo había desaparecido, y no sabía cómo. El pánico era obvio en mi rostro. Empecé a sentir un calor sofocante. Me sentí mareada. Las piernas me comenzaron a temblar. Y estaba sola. No conocía a nadie. Estaba a quinientas millas de casa. Busqué mi teléfono celular. La batería estaba muerta. Ahora sí me encontré desvalida. Miré a los lados. La gente pasaba a mi lado a la carrera. Me acerqué a la recepcionista del hotel. Muy amable me preguntó sí tenía una reservación. Le contesté que sí. Me preguntó mi nombre y pidió ver una tarjeta de identificación. Le expliqué que no tenía. Le dije que de alguna manera extraña se habían desaparecido de mi cartera la billetera y el pasaporte. “Entonces no le puedo dar las llaves de la habitación”, me contestó. Necesito saber si es usted la persona que hizo la reservación. “Comprende, ¿no?”, me dijo. Las lágrimas me brotaron de pronto. Con ternura me pidió que no me preocupara. Me sugirió hablar con el gerente del hotel para ver sí se podía buscar una solución a mi problema. Le dije que estaba bien. Me senté a esperar en una banca de mármol que estaba al lado de la recepción. El corazón me latía veloz y fuertemente. Parecía una bomba de tiempo. Me llegaba el sonido hasta el oído. Era tan fuerte. Simultáneamente sentí que se me esponjaba la nariz. El mundo se me desplomaba y yo sin poder hacer nada. Pasaron los minutos, una hora. Entonces comencé a sentirme suspendida en el aire. Era como sí el espíritu del cuerpo había escapado y flotaba a través de los pasillos del hotel. Nadie me podía ver, pero yo sí los veía. Y aunque no hablaba italiano, pude en este trance, entender todo lo que decían. Y allí quedé, suspendida como una bola de humo escapando de un cigarrillo. En segundos caí al piso. Estaba todo en tinieblas. Hacia frío. Me dolía la parte izquierda de la cabeza. Al caer, me había golpeado con la esquina de mi mesa de noche. Traté de levantarme, pero el intento fue inútil. Me quedé tirada en la alfombra, a oscuras, tratando de hacer sentido a todo lo que me pasaba. Mas algo había cambiado. Ya no estaba en el hotel. Ya no estaba en Florencia, Italia. Estaba en mi cuarto, al lado de mi cama y con una contusión en la cabeza. Todo había sido una despiadada pesadilla.

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