¡Ayúdeme! ¡Ayúdeme!

Una tarde cualquiera conducía por cierta calle marginada de la ciudad de Worcester. Me había perdido buscando una gasolinera. Como el tanque del carro estaba prácticamente vacío, pasó lo inevitable. Se paró el carro. Desconcertada, preocupada y con mucho temor, me bajé del auto. Miré a los lados. No había ninguna persona fuera de sus casas que me pudiera ayudar. Encendí las luces intermitentes del carro y fui en busca de ayuda. Serían las seis de la tarde. Había llovido mucho. Eso explicaba el que no hubiese gente en la calle. Caminé casi una cuadra tocando puerta por puerta. Nadie abrió. La preocupación abarcó mi pecho. Sentía que el corazón se quería salir de mi cuerpo. Para colmo, la batería de mi iPhone estaba muerta. No había manera de comunicarme con alguien, o llamar un taxi. Para complicar las cosas, ya oscurecía. Seguí caminando. De pronto, llegué a una casa de aspecto lúgubre. Había cortinas verdes y grises en cada ventana. La puerta principal daba indicios de no haberse abierto por mucho tiempo. Las plantas y arbustos había cubierto gran parte del patio. Busqué por un timbre. Me topé con uno quebrado y sucio. Había algo en esta casa que me causaba cierta sensación indescriptible. Era como si me magnetizara a su lúgubre ambiente, y al mismo tiempo, me golpease el pecho. Quise correr y no podía moverme. Mi cuerpo reaccionó con un temblor imparable. Ya estaba oscuro. Quise gritar y no pude. De pronto, desde la parte trasera de la casa, escuché un alarmante ruego, “¡Ayúdeme! ¡Ayúdeme! ¡Sáqueme de aquí! ¡Me tienen preso! ¡Por lo que más quiera! ¡Ayúdeme!” Era el ruego de un hombre. Con voz agonizante. Quise responderle pero fue inútil. Mis cuerdas vocales habían enmudecido. Toda yo me había paralizado. El hombre seguía gritando. Me pareció la voz de un viejo. Mi corazón intuía ayudarlo, más el cuerpo me traicionó. Sin querer, había olvidado la razón que me llevó a esa casa. Buscaba a alguien que me ayudara con el carro y necesitaba un teléfono para llamar a mi hijo. Y ahora estaba atrapada intangiblemente por el miedo. Inmovilizada ante la tenebrosa voz de alguien encarcelado en un cuarto o un sótano. O, ¿Era todo una broma de mal gusto? No me pareció. Era tan real como los escalofríos que congelaban mi cuerpo… Como el saber que quería gritar y no podía… Como el querer correr de allí y las piernas no me respondían. Y, ocurrió un milagro. Como enviafa de Dios, pasó una mujer con un bebé en un coche. “¿Busca por alguien?”, me preguntó. Casi al instante mis síntomas de momia inmóvil desaparecieron. Caminé hacia ella y el bebé. Pude hablar y le dije que andaba en busca de ayuda porque mi carro no tenía gasolina. Me dijo que podía prestarme su celular, pero me pidió caminar lejos de esa propiedad… que era peligroso. Me contó que esa casa estaba vacía hacia años y que nadie en el vecindario se atrevía ni a siquiera verla. En segundos sacó el celular de su bolso y me lo prestó. Como ya era noche decidí llamar a un taxi el cuál, minutos más tarde llegó. Le di las gracias a la mujer que a mi parecer, fue un ángel que me salvó de un verdadero desastre. Al día siguiente fui a buscar el carro , y todo volvió a la normalidad. Bueno, eso pensé. Una semana más tarde, mientras leía la primera plana del periódico Telegram and Gazette, me enteré que la policía había encontrado un cuerpo en el sótano de la casa de la calle Borgues. El cuerpo era de un hombre de sesenta y cinco años de edad. Había sido abusado brutalmente con agua caliente, quemado con cigarrillos, le habían amputado varios dedos de las manos;  y para desaparecerlo, lo habían calcinado con gasolina. ¡No lo podía creer! Pero mi sorpresa fue aún más grande y escalofriante cuando leí que, la persona que había perpetrado todo este abuso, era la misma mujer que me había prestado el celular esa noche. Volví a paralizarme y a quedarme sin habla. Estaba perpleja. Desde ese instante la conciencia no me dejó tranquila. Pude haber hecho algo y no lo hice. Y pensé, “si tan solo hubiese sido más valiente, hubría salvado la vida de ese pobre hombre”. Ahora era demasiado tarde. El pobre viejo estaba muerto; la asesina estaba presa; y yo estaba retorciéndome de remordimientos.



Categories: CUENTOS

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