La coartada perfecta 

Alejandro había planeado el golpe perfecto. No tenía otra salida. Con sus antecedentes criminales y penales, nadie le daba trabajo. Estaba marcado de por vida. Hacía tres años había sido puesto en libertad por buena conducta, y ahora se encontraba atrapado virtualmente en otra prisión, la de la sociedad desconfiada que no perdona ni olvida. Así es que, astutamente, robaría la tienda del vecindario. Con su plan, nadie sospecharía de él. Así, empezó el entrenamiento todas las tardes, incluso, los fines de semana. Con su arma de pequeño calibre, practicó tirando al blanco en una tabla construida precisamente por él. Todas las tardes practicaba… y practicaba. La vecina de al lado ya estaba harta del ruido de los tiros, mas no le decía nada porque sabía de su pasado. Temía que este arremetiera contra ella. De este modo, Alejandro pasó parte del verano y todo el otoño practicando y planificando cuándo robaría la tienda. 
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Spencer  es uno de los pueblos más tranquilos y remotos de Massachusetts, a pesar de estar cerca de Worcester. Su solemnidad era mucho más cuando nevaba. Es por eso que Alejandro decidió robar a principio de enero. Acababa de celebrar el Año Nuevo con uno de sus amigos. Estaba desempleado y sin un quinto encima. La hipoteca de su casa estaba atrasada ya por varios meses. No tenía para comer y pagar a calefacción, ni mucho menos para suplir sus vicios de fumar y beber alcohol. ¡Estaba desesperado! Ni en su mejor amigo podía confiar este plan malévolo. Es que nadie debía sospechar de él. No obstante, Alejandro no tenía la mínima idea de que su vecina sí sospechaba de él y de todas sus andanzas. Esta sabía de su vida pasada. Lo sabía gracias al periódico local de Spencer. Sabía todos los pormenores, y le temía.

—Esta noche por fin tendré dinero. Las calles están solas. No hay carros ni buses transitando. Todo mundo está dentro de sus casas. Con este frío y esta nevada, será perfecto atacar al viejo de la tienda. Y si se me pone bravo, le daré un tiro en la cara. Nadie sabrá que fui yo. ¿Sospechar del vecino amable, yo? ¡Jamás!—pensó riéndose y con una voz macabra, mientras se ponía una sudadera negra extra grande.
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Es normal durante el invierno oscurecer temprano. A las cuatro de la tarde ya era de noche, y con la nevada, no había un alma circulando las calles, mucho menos algún medio de transporte; estos debían estar fuera de las carreteras ya que obstaculizarían el trabajo de los que se encargaban de limpiar la nieve. Había estado de emergencia en todo Massachusetts.

Alejandro había estudiado meticulosamente el horario de trabajo del viejo de la tienda. La casa de este estaba casi frente a la de la vecina. Alejandro sabía cuándo el viejo, quién era el dueño de la tienda, estaría de turno. Con los hijos del viejo jamás se hubiese atrevido, quienes eran grandes y muy altos. Estos lo hubiesen acribillado en el momento. Pero el viejo no. Así es que, como a eso de las cuatro y media de la noche caminó hacia la calle principal. La cruzó. Se percató que nadie lo viera y reconociera. La tienda estaba vacía. Cubrió su cabeza con el gorro de la sudadera y se tapó la cara con un pañuelo negro. Rápidamente entró a la tienda y exigió al viejo que le diera todo el dinero de la caja registradora. El anciano, al escucharlo, valiente le dijo que no. Fue entonces cuando el psicópata Alejandro le disparó. Al hacerlo, el pobre viejo se desplomó en el suelo y el desgraciado ladrón se dio a la fuga. De acuerdo al herido, el infraganti ladrón cruzó la calle y se despareció en la oscuridad de la noche y la intensidad de la nueva. Eso sí, logró dar cierta descripción de Alejandro. Vestía todo de negro y tenía unos ojos verdes penetrantes…

Minutos más tarde, los perritos de la vecina empezaron a ladrar. Esta trató de calmarlos, pero fue inútil. Los pobres estaban alarmados al ver las luces de una ambulancia y patrullas de la policía frente a la tienda. La vecina no le prestó mucha atención hasta que escuchó las sirenas alarmantes de los camiones de bomberos. Ahí sí se levantó de su asiento, se dirigió rápidamente a la ventana y, junto a sus perritos, presenció cómo cinco camiones venían deprisa hacia su casa. Súbitamente sintió la confusión arroparla. Tres de los camiones dieron la media vuelta rodeando su propiedad. Fue entonces que olió a quemado. Inmediatamente corrió al cuarto de su oficina que colindaba a la casa de Alejandro. Desde la ventana, vio cómo los bomberos desenredaban las mangueras y se dirigían a la puerta principal de la casa del vecino. Esta pensó:

— ¿Será que se murió Eduardo a causa del óxido de carbono? Es que no podía ver bien lo que pasaba. Si había un incendio todavía no veía las llamas, ni tampoco a Eduardo. Este no salía a la calle, lo cual era lo más lógico en tales circunstancias. De pronto lo vio. Estaba vestido todo de negro. Lo vio hablar con uno de los bomberos y unos vecinos curiosos. En término de minutos la casa de este se había convertido en un verdadero caos. Para entonces, la vecina ya estaba afuera. Curiosa, se aproximó a Alejandro y le preguntó qué había pasado. Este, aunque amable, estaba totalmente disgustado y en shock. 

—Estba durmiendo cuando de pronto escuché un ruido en la pared de la chimenea que me acaban de construir. Me levanté y toqué la superficie de la pared de donde provenía el ruido. Estaba muy caliente. Entonces empecé a oler a quemado. Fui a la cocina. Ahí, había ya una nube de humo que provenía de los cuartos del segundo piso. En mi angustia corrí para tratar de apagar el fuego, pero no pude. El humo me agobió. Fue entonces cuando llamé a los bomberos. Estoy seguro que el incendio comenzó en la chimenea. Es lo único que puedo pensar. No hay otra explicación. Y, si es así, estaré viendo buenos billetes en mi bolsillo. Los que me construyeron la chimenea hicieron una porquería—le dijo este. 

La vecina, sospechosa, no se creyó ese cuento. “Si el incendio lo causó la chimenea”, pensó, “¿por qué entonces no se incendió el cuarto donde se encuentra la chimenea?”, se preguntó. “A mí me está que este causó el incendio. Quiere sacar dinero de una demanda judicial, para así, salir de pobre. ¡Qué sin vergüenza!”, pensó, mientras tomaba unas cuántas fotos del suceso con la cámara de su IPhone. 

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La conversación con Alejandro había causado sospecha malévola en la vecina; y eso que aún desconocía el incidente de la tienda del otro vecino. Al enterarse, ya no tenía duda. Alejandro había tramado todo. Lo único que no encajaba era el incendio. “¿por qué quemar la casa en la que había invertido tiempo y dinero arreglándola?”, se preguntó. Esta no sabía qué conjeturar. Su mente configuraba dos hipótesis. Una, que Alejandro planeó robar la tienda e incendiar su casa, para así, no despertar sospechas. Y la otra, que el muy imbécil, en su afán de ir a robar, no se percató de que había dejado algo en la estufa. Al irse por un rato, la estufa cogió fuego, y este se regó por el techo del primer piso, así yéndose hasta los cuartos del segundo piso. En ningún momento el fuego se propagó al cuarto donde se encontraba la chimenea. El cuarto estaba intacto. Así es que el fuego no procedió de la chimenea. “¡Qué bruto!”, pensó con una sonrisa cínica.
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¿Se llegó a sospechar de Alejandro ? No.  ¿Interrogó la policía al ladrón? Jamás. La coartada de Alejandro fue perfecta. Ahora este está mejor que nunca. La vecina, a pesar de sus muy fundadas sospechas, nunca fue a la estación de la policía a denuncialo; y muy pronto, el astuto ladrón-arsénico recibirá una cuantiosa suma de dinero. Mientras tanto, la casa quemada está intacta como la dejaron los bomberos: con pedazos de vidrio desplazados en la propiedad y en la de la vecina, trozos de madera quebrada y quemada colgando del techo, basura por todas partes, y el olor a quemado. ¿Y el pobre anciano robado y baleado? ¿Qué pasó con él? Por ahí se le ve a puras penas caminando con un bastón, sin poder trabajar, con rostro de pánico al acordarse de esa tenebrosa noche. Y, ¿qué de la vecina? Esta prefiere no acordarse del suceso. Aunque todos los días se acuerda. Cada mañana que sale de su casa y se encamina a la cochera, el recuerdo es viviente. Frente a ella está la bandera histórica e heroica de los bomberos: un desparpajo regado por todas partes, y nadie que lo venga a limpiar, porque Alejandro para nada asoma la cara al vecindario. Según dicen, se mudó a Boston. Tiene miedo que se descubra su impresionante coartada. 



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